“Compro, luego existo”: el lema del consumidor en el siglo XXI

Lo mejor, lo más nuevo y lo más bonito. Ésta es la idea que gobierna las decisiones de compra de cada vez más consumidores. Ya no se trata de ir de compras para satisfacer determinadas necesidades básicas o cumplir simplemente un deseo. El acto de ir de compras de ha convertido es un acto obligatorio para adaptarnos a unas tendencias que evolucionan a veces a la velocidad del rayo. En medio de una grave recesión que azota ya a medio planeta, el consumidor parece haber hecho del “derroche” su particular salvavidas para sobrevivir a la actual tormenta económica.

El acto de comprar es para la mayor parte de los consumidores un alivio, un deshogo que echa raíces directamente en la autoestima. Al comprar, el consumidor trata de demostrar a los demás que puede permitirse la adquisición de determinados productos. Y gana así no sólo ante los ojos de los demás sino también ante sus propios ojos.

“Para llevar una buena vida, ya no basta con tener lo suficiente para alimentarse.El estatus social influye también en nuestra calidad de vida. Da igual en la parte del mundo donde vivamos, en la sociedad existen siempre las mismas jerarquías. Hay personas que están en lo más alto de la jerarquía y las que están abajo, que están obligadas a sobrevivir. A medio a camino entre estos dos tipos de personas estamos todos los demás, la denominada clase media. Y entre las diferentes clase sociales hay una especie de lucha porque cada una de ellas quiere mejorar su posición social. La lucha por alcanzar un estatus social más elevado está anclado directamente en la evolución del ser humano”, explica la arqueóloga Aimee Plourde en el documental Leben im Überfluss, emitido recientemente por la cadena alemana 3sat.

La vorágine consumista no es nueva ni mucho menos y se remonta a mediados del siglo XX. Desde entonces, “vivimos en una sociedad de consumo de masas, lo que significa que respondemos constantemente a los estímulos que se nos presentan. La consecuencia última de este comportamiento es que utilizamos el mundo y al mismo tiempo nos aprovechamos de él. Aun así, los conocimientos cualitativos y también el bienestar pueden modificar nuestro comportamiento como consumidores. Los conocimientos son los recursos más importantes en este sentido”, apunta el profesor de ecología humana Alastair McIntosh.

Desprovistos de los conocimientos necesarios para controlar su ansia consumista, el consumidor es presa inevitablemente del estrés. “Trabajamos duro para poder permitirnos las cosas que se adecuan al estatus social que deseamos. Pero esto provoca estrés. En lugar de invertir tiempo en las relaciones humanas y sociales, nos dejamos dominar por el consumo de bienes materiales”, subraya el arquitecto Jonathan Chapman.

Sólo en Estados Unidos, el 70% de la economía del país procede del consumo. Y la crisis económica no ha hecho cerrar el puño a los consumidores estadounidenses, sino todo lo contrario. En plena recesión, consumimos más de lo que podemos permitirnos. Sin embargo, el consumo basado en los préstamos y en los créditos tiene inevitablemente fecha de caducidad.

Ésta es la conclusión que podríamos extraer si examináramos la situación desde el punto de vista de racional. El problema es que el acto de comprar no tiene nada de racional y sí mucho de emocional. No en vano, el 85% de las decisiones de compra que el consumidor toma a lo largo del día están dominadas por el área cerebral que se encarga del inconsciente.

Sabedor de la volubilidad del cerebro del consumidor en las compras, elmarketing explota certeramente la emotividad del cliente para hacerlo “caer en sus redes”. Para clave para conquistar al cliente, es ganarse su confianza, ofrecerle productos innovadores y llamar su atención.

De todos modos, el marketing no es el único culpable de la “orgía consumista”en la que vista instalada actualmente la sociedad moderna. Las personas tienen un concepto de su propio “yo” y las marcas sólo les ayudan a moldear ese concepto.

Hace varias décadas, Erich Fromm se preguntaba: “¿tener o ser?”. El siglo XXI tiene y su particular repuesta a esta pregunta: “Compro, luego existo”.

“El consumismo se ha a propagado como una epidemia a una velocidad alarmantemente rápida. El problema que es que la mayor parte de nosotros creemos que tenemos nuestra vida bajo control. Pero, ¿qué pensarán nuestros nietos de nosotros cuando vean al valor que otorgamos a los nombres de un puñado de marcas? Lo malo es que muy probablemente nuestros nietos no lleguen nunca a hacerse esa pregunta, ni tampoco se pregunten por qué una familia con tres miembros vive en una casa con seis habitaciones mientras otra vive en la calle”, concluye el profesor de psicología Geoffrey Miller.

http://www.marketingdirecto.com

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