¿Quién es el enemigo?

La empresa es, aparte de una entidad en la que intervienen capital y trabajo para generar productos o bienes, una emprenda o aventura común que, como en los viajes marítimos de la antigüedad, aloja en su seno etimológico ese sentido de emoción y riesgo; es decir, una aventura o empresa es una experiencia vital normalmente arriesgada.

Quizá por ello uno de los más insignes gurús del management como es Henry Mitberg dijera que “un directivo está en el mundo para calcular sus riesgos y asumirlos”; siendo precisamente esa capacidad de asumir riesgos la competencia fundamental que distingue tanto al buen directivo como al emprendedor y la única que permite lanzar ideas, y comenzar nuevas emprendas.

Sostendré en esta tribuna, –hoy que nuestro periódico toma el riesgo “calculado” de emprender una nueva andadura– que nuestra sociedad, especialmente a través de su sistema educativo, hace totalmente lo contrario; es decir, cercenar la iniciativa, erradicar la creatividad y amputar la pasión de aventurarse y arriesgarse cuestionando el statu quo para atreverse a emprender nuevos negocios.

Es preocupante que el sistema educativo, que fue diseñado para la época industrial, –para una era “fordista”, en la que los empleados tenían que conocer su sitio y necesitaban una formación uniforme, y que instruía a la gente para memorizar y repetir– siga siendo el imperante, a pesar de que mate la iniciativa individual, la capacidad de asumir riesgo y la creatividad de las personas. Por un lado, las empresas nos desgañitamos diciendo que necesitamos creatividad, que tenemos que innovar y que estamos obligados a ser emprendedores pero, por otro, a la hora de la verdad educamos a nuestros hijos para todo lo contrario. Lo que crea el sistema educativo en general es más de lo mismo: personas y gestores con gran capacidad de análisis que repiten, conservan y mantienen lo que existe y poca gente dispuesta a modificar, transformar y emprender.

Está demostrado que el éxito en la escuela y en la universidad –es decir, tener buenas notas– no garantiza el éxito profesional. Le sugiero que analice las investigaciones de Thomas Stanley, que es un estudioso de las personalidades que han conseguido éxito económico y ha demostrado que “las evaluaciones de la vida escolar son malas para predecir el éxito económico” y que “lo que predice el triunfo en los negocios es la capacidad para asumir riesgos”. Tal vez por ello, por qué no decirlo, haya tanto emprendedor en el mundo –también en España– que ha triunfado en los negocios sin haberlo hecho antes en la escuela.

http://www.expansion.com/

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