¿Dónde vivir?

Las tres preguntas más importantes en la vida de una persona son: ¿con quién voy a formar una pareja?, ¿a qué oficio me voy a dedicar?, y ¿dónde voy a vivir? Nuestros antepasados no tuvieron la oportunidad de plantearse semejantes dudas. El privilegio de decidir sobre estos dilemas es un atributo de la modernidad. Durante siglos, la decisión de formar un enlace conyugal era un acuerdo donde la voluntad de las partes, en especial de la mujer, no era un factor de consideración. El oficio y la profesión estaban dados por la herencia. El orfebre y el campesino eran descendientes de personas con la misma ocupación. La noción de viajar o migrar era tan infrecuente que se convertía en materia prima de epopeyas y episodios bíblicos.  Estas tres libertades aún están restringidas para millones de personas. En la India, los matrimonios arreglados todavía son parte de las costumbres sociales. En China, el gobierno concede licencias de migración para mudarse del campo a la ciudad. En Cuba, la burocracia tiene autoridad para determinar las actividades profesionales de las personas. En México, la decisión de formar una pareja es, en general, una soberanía del fuero íntimo. La elección del oficio está parcialmente limitada por la disponibilidad de lugares en las universidades. Sobre la decisión de dónde vivir, las cosas han cambiado mucho en años recientes.

Gracias a la estabilidad económica, los créditos hipotecarios se convirtieron en una opción viable para millones de familias mexicanas. En tan sólo en una década, el Infonavit entregó más créditos que en los 30 años anteriores. Este hecho permitió que millones de familias pudieran conseguir un techo y forjar un patrimonio. Mexicanos que nacieron en casas con pisos de tierra, techos de asbesto y paredes de adobe pudieron aspirar a una vivienda con condiciones básicas de higiene y seguridad. Sin embargo, la calidad de vida está determinada por muchos factores que van más allá de la solidez de los muros o el equipamiento de la cocina.

Este acelerado desarrollo de la vivienda ha cambiado el paisaje en muchas zonas del país. En las afueras de Cuernavaca, Morelia, Pachuca o Toluca se puede observar un horizonte de miles de casas construidas sobre terrenos que hace apenas unos años tenían una vocación agrícola. El problema central de estas nuevas unidades habitacionales es que están aisladas de centros urbanos, donde hay una alta densidad de empleos, escuelas y oportunidades. De acuerdo con el INEGI, las personas que viven en la periferia de la Ciudad de México y laboran en el Distrito Federal gastan en promedio un 17 por ciento de su ingreso en transporte. A la larga, el pasaje del camión les saldrá más caro que la hipoteca. Este costo se refleja en el bolsillo y el medio ambiente. Vivir lejos implica mayor uso de combustible para hacer los recorridos cotidianos.

El primer capítulo del nuevo libro de Jorge Castañeda lleva por título: De por qué los mexicanos rechazan los rascacielos. El autor de Mañana o pasado compara urbes latinoamericanas como Buenos Aires y Sao Paulo con la Ciudad de México. A diferencia de nuestra capital, las otras ciudades crecieron verticalmente con enormes edificios de vivienda, mientras que el paisaje chilango es relativamente plano con edificios de seis o siete pisos. Se podrá decir que este fenómeno es resultado de un temor a los terremotos. Sin embargo, con las nuevas tecnologías de ingeniería no hay justificación lógica para que el auge de vivienda esté basado en el desarrollo de conjuntos habitacionales horizontales, alejados de todos los bienes y servicios públicos.

Esta semana, el IMCO presentó el Índice de Competitividad Municipal en Materia de Vivienda (IMCOMUV). Este instrumento busca medir las condiciones de plusvalía y calidad de vida que ofrecen 402 ayuntamientos del país. El índice fue diseñado con el apoyo de las instituciones federales de vivienda como un mecanismo para ayudar a los mexicanos a responder una pregunta que no pudieron hacerse nuestros antepasados: ¿dónde vivir?

Por Juan E. Pardinas

http://imco.org.mx

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